Jaén, la ciudad que no quería a sus árboles

A fuerza de verlo y escucharlo, nuestra sociedad ha interiorizado que todos los años, en ocasiones varias veces, hay que podar los árboles que habitan en nuestras calles y parques, en la creencia de que si no se hace no crecerán sanos y vigorosos. Nada más lejos de la realidad, porque este “manejo” causa daños, debilitamiento e induce a enfermedades, provocando la muerte de muchas ramas sanas, e incluso pudiendo llegar a matar al individuo. Sí es cierto que en el ámbito agrícola, en árboles frutales, se maneja la producción mediante las podas y que también se controla la altura para facilitar la recolección. Pero por lógica esto no es necesario en los árboles urbanos, puesto que entre sus múltiples funciones no está la de producir frutos, sino generar oxígeno, dar sombra, filtrar de la contaminación del aire, servir de hábitat para otras especies, regular la temperatura, aportarnos bienestar, calidad de vida…

Las podas que vemos en Jaén son en su inmensa mayoría lo que se llama desmoches o terciados, que causan daños muy costosos a la biología del árbol, que intenta reponerse a esta mutilación con un gran gasto en energía, situación que lo debilita e incluso puede provocar su muerte debida a enfermedades causadas por estas prácticas. Lejos de ayudarlos a crecer vigorosos, logramos el efecto contrario; árboles dañados, débiles, que ante cualquier agresión ambiental constituirán un peligro.

Podemos preguntarnos entonces cual sería el manejo más adecuado. Es simple. Consistiría en eliminar ramas secas o enfermas, aquellas que supongan justificadamente una molestia o un riesgo para la seguridad,  y … ya está. Los cortes son heridas, que lejos de ayudar al árbol, son vías de entrada de elementos patógenos que solo enfermarán y pudrirán al individuo, y como hemos visto últimamente, en condiciones de fuerte viento, tirarán ramas o lo harán caer.

Aunque Jaén no es una excepción en la gestión inadecuada (a veces, nefasta) del arbolado urbano, lamentablemente sí es un ejemplo de todo lo que no se debe hacer. Empezando por la elección de las especies, muchas de las cuales no son propias de nuestra zona biogeográfica, de las que tenemos muchos ejemplos como el falso pimentero que es de Sudamérica, las acacias de Constantinopla de Asia, brachichitos, mimosas y eucaliptos de Australia, ailantos de China, falsas acacias de América del Norte y un largo etcétera. Todas ellas tienen en común una pobre adaptación originada por su propia biología. Suelen ser especies que crecen rápido, con requerimientos de agua elevados, con raíces superficiales incapaces de sujetarlos cuando la copa es grande, y cepellones mínimos. Por lo tanto, la elección de la especie es fundamental en el éxito de una plantación, y si algo está claro es que hemos de decantarnos por las especies autóctonas. No puede haber especies mejor adaptadas que las propias de la zona. Por otra parte, se necesitan especies con un buen sistema radicular, que sea profundo y que compense el peso de la copa con un buen anclaje a tierra. Con rachas de viento fuertes, como las habituales en nuestra ciudad, este es un punto clave para que el árbol permanezca sin sufrir muchos daños.

Otra cuestión a analizar es la ubicación de los árboles y su integración en la trama urbana. Además del pavimento utilizado, que es no filtrante, vemos incontables alcorques que no corresponden al tamaño de los árboles, y es lo más común que se planten especies sin saber si el lugar va a ser el más adecuado, si van a poder crecer adecuadamente, si las raíces podrán respirar, si molestarán en la acera a los y las viandantes, si las copas invadirán el espacio para los vehículos voluminosos…

Cuando no se tiene en cuenta ninguna de estas cuestiones, se siguen poniendo especies exóticas, no adaptadas ni adecuadas para nuestras latitudes, con cepellones pequeños, raíces superficiales, pavimentos que impiden el intercambio gaseoso adecuado, y a todo esto se le suman año tras año las podas agresivas, y así es fácil entender el estado actual de nuestros árboles: ejemplares descompensados, enfermos, raquíticos, que finalmente nos dejan un panorama desolador de alcorques vacíos y no repuestos, y árboles secos, mutilados o enfermos. Un círculo vicioso que debe acabar.

En el momento de emergencia climática que vivimos, necesitamos un cambio de 180º grados en las políticas de gestión del arbolado urbano y las áreas verdes, y una urgente naturalización de nuestra ciudad, que según los estudios será una de las más afectadas por el cambio climático en el sur de Europa. Un cambio que hasta el momento ningún gobierno municipal ha llegado ni siquiera a esbozar, dando la sensación de que no alcanzan a entender la importancia y la necesidad del mismo. Siguen instaladas las malas prácticas, la inercia de tratar a los árboles como si fueran simplemente mobiliario urbano de quita y pon, y no seres vivos con la importantísima función de hacer nuestro espacio urbano mínimamente habitable.

Más allá de parches improvisados, de medidas cosméticas e insuficientes, hemos de exigir rigor científico y técnico, planificación y compromiso presupuestario. Según la Organización Mundial de la Salud, las ciudades necesitan tres árboles por persona para garantizar una vida saludable a sus habitantes. Ese, y no menos, deber ser ya el objetivo que nuestro Ayuntamiento se debe marcar, para que en el marco de un plan de gestión integral y participado por los colectivos sociales, sea una realidad lo antes posible. Antes de que sea demasiado tarde.

Pepa Jiménez y Sara Martínez, coportavoces de EQUO Jaén

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