El acuerdo UE-Marruecos desde Jaén

El recién actualizado acuerdo entre la Unión Europea y Marruecos ejemplifica una vez más cuál es la piedra angular sobre la que se soporta toda la política económica que padecemos. Esa piedra angular ha sido esculpida por el ultraliberalismo en boga que reclama un comercio sin fronteras y sin ningún tipo de cortapisa. Lo importante es que las gentes de negocios hagan negocios porque eso, se supone, repercute en un beneficio general para todos, en todos los países.

Europa, que no hace mucho era un referente ético en cuanto a estrictas normas laborales y ambientales aplicadas a cualquier tipo de mercancía o servicio, ha decidido venderse y tirar por la borda todo este bagaje cultural, económico y político. Cuando España entró en la UE, todo eran exigencias para adaptarse a las más elevadas leyes europeas porque no se podía producir lo que fuera a cualquier precio (social y ambiental, fundamentalmente), sino que había que respetar unas mínimas reglas de juego. Pero todo eso pasó de moda y llegó otra moda que parecía mejor: abrir las fronteras y hacer abrir las fronteras a otros. No importaba ya que los otros fueran dictaduras, o que produjeran a costa de envenenar a su propia población o que esta apertura sin condiciones supusiera la misma ruina para la economía y la sociedad de toda Europa. Decidimos vendernos a la dictadura china porque nos ofrecía a cambio un “suculento” mercado donde vender “nuestros” productos. El balance es bastante elocuente: China no ha dejado de ser una dictadura, compite de forma totalmente desleal en cuanto a cuestiones laborales y medioambientales y ha desmontado buena parte de la economía europea y norteamericana. Y esto lleva aparejado una peligrosísima deriva cultural hacia el odio y el resentimiento entre pueblos. El odio contra los chinos no deja de crecer, como si fueran aquellos ciudadanos, o más bien, súbditos de una terrible dictadura, los responsables de todos estos despropósitos, originados en Occidente.

La misma línea se quiere seguir ahora con países como Marruecos: apertura para el negocio, pero ninguna pega en cuanto al trabajo indigno, a unos precios de risa, ni a unos medios de producción poco saludables tanto para el medio como para las personas. No importa nada de eso; tampoco que el tejido agroindustrial español y andaluz se vea gravemente comprometido. Pero no podemos equivocarnos, los culpables no son ni los chinos ni los marroquíes, ni la inmensa mayoría de los ciudadanos de a pie de Europa o de Norteamérica. Es una economía pensada para el lucro de un puñado de empresas y de personas. ¿Qué sentido tiene que Europa haga cumplir sus normativas en materia laboral, ambiental o social de puertas adentro si no las hace cumplir y respetar a las puertas de sus aduanas?

Ante todo este panorama, no sólo nos quedan las herramientas de la política para hacer que este orden de cosas cambie, también tenemos mucho margen de maniobra a nivel económico, también a nivel local. En Jaén vivimos con muy poco margen de maniobra por una economía dependiente de un monocultivo que ya lleva tiempo siendo ruinoso si no fuera por las subvenciones (precisamente, decididas por Europa). Pero está en nuestras manos no sólo qué hacer con nuestras explotaciones agrarias, que desde luego urgen ser readaptadas y diversificadas para capear mucho mejor cualquier tipo de temporal, sino también qué hacer con los mismos productos que ofrece el olivar. ¿No hay margen acaso en dedicar sólo una parte del aceite, la de mayor calidad, por supuesto, al consumo humano?, ¿No se puede dedicar otra parte importante a otros procesos industriales como la producción de bioplásticos, por poner sólo un ejemplo? ¿Y qué decir del hueso de la aceituna? ¿No es acaso esa fuente de energía un seguro local y renovable frente a la insostenibilidad y volatilidad de los combustibles de origen fósil?

El hueso de la aceituna jaenero y el subsuelo islandés tienen elementos en común que debemos y podemos potenciar. Los islandeses tienen una importantísima ventaja en términos de energía que los hace mucho más independientes de los hidrocarburos: la energía de su subsuelo. Al ser una isla volcánica, consiguen hacer uso de todo ese calor para su sistema de agua caliente y de calefacción ¿No es algo magnífico? El único inconveniente es el desagradable olor que emanan las tuberías, pero al que dicen es fácil acostumbrarse. Los islandeses son menos habitantes que los de la provincia de Jaén y aquí nos ofrecen otra clave importante para ganar en libertad y en autonomía local, en definitiva, en soberanía de verdad, no ésa de la verborrea nacionalistoide. Lástima que el hueso de aceituna se pueda transportar con facilidad, mientras que el calor del subsuelo islandés sólo puede ser aprovechado allí, con lo que se evitan despilfarrar o malvender ese recurso.

Por supuesto, estas medidas no suponen para nosotros el horizonte al que aspiramos, sino más bien, una transición hacia ese horizonte. No aspiramos a que la mitad del aceite se dedique a otros usos distintos a la alimentación, sino a una agricultura y una agroindustria diversificadas, más estables, más seguras, no sólo para mejorar nuestra soberanía alimentaria, sino para ser mucho más flexibles para adaptarnos a lo que se pueda vender mejor y en las mejores condiciones en cada momento. No podemos olvidar que la tierra es una fuente inagotable de recursos, siempre y cuando se cuide y se mime adecuadamente. Tampoco aspiramos a que las fuentes energéticas del futuro se basen en seguir quemando productos, sean éstos procedentes de hidrocarburos o los mismos huesos de aceituna. Queremos un futuro energético basado en la solar, la eólica y la geotérmica, entre otras que vayamos descubriendo, donde la biomasa sea sólo una fuente de energía auxiliar para casos de emergencia.

Este horizonte no perjudica a nadie sino que más bien es extrapolable a todos los rincones del mundo. No es verdad que para velar por los propios intereses haya que ir en contra de los ajenos. Nos preocupan las gentes de aquí y de allá y queremos una vida mejor para todos, no lo que están pretendiendo los ultraliberales: destruir los últimos bastiones de diginidad social, política, económica y medioambiental (el llamado Estado del Bienestar europeo) e igualarnos a todos por abajo, sometiendo a 7 mil millones de personas a los intereses caprichosos e insaciables de un puñado de oligarcas globalizado.

SOBRE EL AUTOR

Jesús García

Jesús García

Jesús García es natural de Jaén, pero nómada casi por definición. Se dedica a la educación en una residencia escolar. Ha sido cabeza de lista en las últimas elecciones nacionales por EQUO Jaén, y anteriormente, por Los Verdes. Además ha colaborado en diversos proyectos relacionados con el ámbito sostenible y ecologista, y ha participado como colaborador en medios de comunicación, siendo una parte importante durante muchos años en el programa SER Natural de la Cadena SER Jaén.

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